Había una vez en la muy noble ciudad de Granada, Nicaragua bañada por su lago; entre el calor de la tierra, verde siempre; casas blancas de altos techos y puertas angostas; donde cada tarde se sentaban los vecinos a comentar el último chisme, la última charla pendiente, en butacas de madera y mimbre, raídos por el tiempo; sólo cuando el sol ya bajaba, que mi madre escuchó esta historia.
En la esquina de su casa, ahí donde ahora existía una construcción moderna, hubo alguna vez una casa que no desentonaba tanto con las construcciones coloniales, era parecida a las que sobrevivieron a temblores e inundaciones, testigos mudos de muchos años de historia, de nuevas generaciones, de juegos de niños, de procesiones, de entierros… y de todos esos acontecimientos que ocurren en una pequeña ciudad.
Esa casa resultaba igual a las otras: patio central y techos altos y en el patio central había un pozo rodeado de vegetación que, en esas tierras feraces, sin que mano humana pusiera algún orden. Cuenta la historia que ahí vivía una familia; una familia pequeña, algo poco usual para la época. Sólo una hija; una, que fue a la escuela a aprender sólo lo elemental: las letras, los números, pues no necesitaría nada más para llevar una casa, donde únicamente se ocuparía de la crianza de niños y de cómo ordenar a las sirvientas para que todo estuviera listo y limpio para esperar al esposo. Él, que llegaría, probablemente de muy buena casa y familia también, pues no cabía la menor duda, ya que ella heredaría las posesiones, las tierras bajas del Mombacho, la plantación de café y la casa de la esquina con todo y su pozo.
Pasaron los días y los años; la niña creció, y buscaron marido, lo encontraron en una población vecina y como sus padres deseaban de buena crianza y casa y también de buenas costumbres, aunque no tenía fortuna propia, ya que tenía hermanos y debió compartirla; pero no importaba ya que ahora manejaría los negocios del suegro y los cuidaría como suyos, los incrementaría en pocos años.
La boda se preparó; se encargó el ajuar a París, se mandaron bordar las sábanas de lino y ella se apresuró a aprender lo que hacia falta. Pasó algunos días con la familia política y así poder conocer más al novio, que no era feo, aunque tampoco guapo. Por fin, se convenció de que algún día, quizá no muy lejano, lo podría querer de la misma forma en que su madre amó a su padre, y que soportó engaños, borracheras y a veces malos tratos, pero que con ella fue sólo amor y dulzura.Llegó la boda; la sociedad la comentó: “todo muy bonito y bien preparado, con lo mejor que se pudo tener, claro era la única hija”.
De luna de miel se fueron a las playas de San Juan de Sur, a una casa donde ella tuvo que realizar las labores de toda ama de casa, además de soportar con una sonrisa y siempre perdonando algunos malos tratos, aunque: “sólo algunos”.Regresaron a su casa, a compartirla con sus padres, pero ya no era lo mismo, se habían terminado esos juegos de niña, aunque ella secretamente seguía jugando a las muñecas, peinándolas e imaginando sus cuentos de antes.
Las amigas unas antes o después ya se habían casado también, algunas mejor y otras peor, algunas igual que ella, seguían extrañando esos juegos, ese tiempo que sólo era de ellas, nada comparado con las obligaciones de ahora.Y así pasaron los días, los meses, llovía más, llovía menos, todo igual, el amor que ella soñaba llegaría a sentir por su marido en verdad no llegaba, las sonrisas eran forzadas y los malos tratos continuos, eso sí, nada frente de los suegros.
Resulta que algunas de las “buenas costumbres” del que ahora era su marido, desconocidas para ella y para sus padres, eran también jugar y conocer mujeres de dudosa reputación.Un buen día después de pensar que moría, el doctor de la familia, él mismo que la trajo al mundo, le anunció con brillante sonrisa que estaba embarazada.
La noticia al principio a ella le cayó como balde de agua fría, aunque a todos los demás llenó de alegría, sobre todo a su padre a quien la idea de un heredero, aunque no llevara su apellido, sí continuaría con la tradición familiar de hombres trabajadores, honrados y respetados en su comunidad.Pasaron los meses de un embarazo difícil y con periodos largos y aburridos de reposo.
Se bordó y preparó el moisés con las telas de su vestido de novia; se mandó a hacer una cuna fuerte y bella, y hasta el marido la trató mejor y la llenó de atenciones y cuidados. Llegó a pensar que era un buen presagio, pero sólo eran apariencias, ya que no dejó de frecuentar a sus amistades y de prodigar su atención a las mujeres de dudosa reputación que entonces, como ahora, existían en los barrios alejados de la ciudad.
Los días en que se sentía mejor, le llenaba de alegría esa nueva vida en su cuerpo, que cambiaba y desconocía, y encontró divertido platicar con él, y sin saber si la escuchaba le contaba los mismos cuentos que a ella le contaron un día, le cantaba y hacia planes con él, a qué jugarían, qué le enseñaría, a dónde irían, y de repente se encontró llena de amor por ese hijo, le llenó de ilusión conocerlo, y soñó que sería un niño, que se llamaría igual que su abuelo.
El día del parto llegó, con muchos dolores tuvo que ser amarrada a la mesa de la cocina de madera recia y fuerte, en la misma que ella nació. Después de muchas horas y lágrimas, nació, y sí era niño, ella alcanzó a verlo, sonreírle entre sus brazos y después morir, así como muchas mujeres morían en el parto.El funeral se celebró entonces, como aún lo hacen ahora, en la casa, y mientras lloraban y atendían a los dolientes y sus acompañantes, alguien se acordó del niño, buscó una nodriza para alimentarlo y medio cuidarlo, pues al parecer los abuelos, llenos de dolor murieron con su hija y el marido, después del entierro no quiso saber nada del niño, pues por su culpa había quedado viudo.
El niño contra todo pronóstico sobrevivió, aunque los abuelos no se ocupaban de él, y eran las sirvientas quienes lo vestían y alimentaban, así que creció triste y escuálido, sólo en sus ojos se reconocían los de su madre, porque sí, era su vivo retrato. De un día para otro, el pequeño comenzó a crecer, sin comer casi nada, a escapar por las tardes para jugar con los niños de la calle, y a parecerse más a ella. Fue tan grande el cambio que el abuelo lo notó. Ahora se escuchaban de pronto risas, aunque sofocadas y el pequeño, antes taciturno y callado, parecía tener largas conversaciones al atardecer.
El abuelo empezó a observarlo y se dio cuenta que todo esto ocurría en la espesura del patio y siempre cuando el sol empezaba a ocultarse.Pensó que sería buena idea que fuera a la escuela; finalmente él sería su heredero, claro de lo que quedaba, pues entre los malos manejos del mal agradecido yerno y su pena, no quedaba mucho. En una de esas tardes en que lo vio internarse en la espesura del patio, lo siguió, ocultándose para poder ver qué era lo que ocurría junto al brocal del pozo. Así pudo observar que el nieto hablaba y se reía; parecía tener una muy importante conversación con alguien a quien él no podía ver con claridad. Era la sombra de una mujer y con esa sombra, su nieto se transformaba; su rostro reflejaba una infinita paz; sus ojos brillaban y parecía la imagen de la felicidad.
Esas visitas, observadas por el abuelo, se repitieron por casi una semana; el abuelo pudo darse cuenta entonces de cuánto había crecido y de cuánto se parecía a su querida hija.Por fin se animó a preguntar al nieto sobre lo que sucedía todas las tardes junto al pozo, ya que por más que lo intentó, colocándose en diferentes puntos, no pudo distinguir quién o qué era la sombra que conversaba con su nieto. “¿Y d’hay m’hijito, con quién hablas tanto?” El niño contestó, sin turbarse, lo que menos hubiera esperado: “Con mi mamá abuelo, ella viene a darme de comer todos los días; me platica, me cuenta muchos cuentos y jugamos un rato”.El abuelo se quedo frío, corrió al pozo, pero sólo halló agua. El niño continuó yendo todas las tardes junto al pozo. El abuelo lo veía ahora orgulloso y así creció: con su madre todas las tardes junto al pozo, y con el amor y el cariño de sus abuelos que, a partir de ese día le dieron toda su atención.
El pequeño se convirtió en un gran hombre y pudo así en su día, cerrar los ojos de sus abuelos y despedir una tarde a su madre junto al brocal del pozo. Ya era un hombre, un hombre de bien, orgullo de sus abuelos y de su madre.


